Aspectos económicos del cultivo de aguacate

Aspectos económicos del cultivo de aguacate

La rentabilidad del cultivo de aguacate depende de la interacción entre precios internacionales, estructura de costos y riesgos productivos, pues aunque la demanda global de Persea americana mantiene márgenes atractivos, la inversión inicial en plantación, sistemas de riego presurizado y manejo fitosanitario intensivo eleva el umbral de capital requerido, además la entrada gradual en producción y la alta variabilidad de rendimientos retrasan el retorno financiero, exigiendo planificación de flujo de caja y acceso a crédito de mediano plazo.

A esta complejidad se suma la concentración de poder de negociación en empacadoras y cadenas minoristas, que presionan los precios pagados al productor, por ello solo los agricultores con manejo eficiente de densidad de siembra, nutrición de precisión y trazabilidad certificada capturan primas por calidad y acceso a mercados exigentes, sin embargo, la creciente regulación ambiental sobre uso de agua y cambio de uso de suelo introduce costos de cumplimiento que pueden erosionar la rentabilidad, especialmente en fincas pequeñas con baja integración a esquemas asociativos o contratos de suministro estables.

Costos de establecimiento

Los costos de establecimiento en aguacate determinan, con notable precisión, la rentabilidad de las siguientes dos décadas, porque el cultivo exige inversiones altas, irreversibles y de recuperación lenta. Una plantación mal diseñada en su origen puede sostenerse con tecnología y correctivos, pero casi siempre a costa de una erosión permanente del margen bruto. Por eso el análisis económico del establecimiento no se limita a listar partidas, sino a entender cómo cada decisión inicial fija la trayectoria de costos y rendimientos futuros.

Estructura económica del establecimiento

En condiciones comerciales de México, el establecimiento de un huerto de Persea americana var. hass implica, en promedio, entre 250,000 y 450,000 MXN/ha durante los primeros dos años, dependiendo de altitud, acceso a agua, pendiente y nivel tecnológico. De ese monto, alrededor del 35-45 % corresponde a inversión en infraestructura y manejo del agua, el 25-35 % a plantas y labores de plantación, y el resto a preparación del terreno, nutrición inicial, protección fitosanitaria y mano de obra.

La clave económica está en que buena parte de estos costos son hundidos: una vez ejecutados, no pueden recuperarse si el proyecto se abandona. Esto obliga a evaluar cada componente no solo por su costo inmediato, sino por su impacto sobre el flujo de caja en los años improductivos, que en aguacate suelen abarcar de 3 a 4 ciclos antes de alcanzar rendimientos comerciales estables. Un error de diseño en esta etapa puede traducirse en menores t/ha, mayor variabilidad interanual y costos crecientes de corrección.

La densidad de plantación ilustra bien este punto, porque no es solo una decisión agronómica, sino también financiera. Densidades de 278-312 árboles/ha en marco 6 x 6 m ofrecen un equilibrio razonable entre inversión inicial y rendimiento futuro, mientras que esquemas más intensivos, de 400-500 árboles/ha, incrementan el costo de plantas hasta en un 60-80 %, exigen más riego y poda, y adelantan la necesidad de renovaciones o aclareos. La decisión de densidad, por tanto, define el perfil de costos variables y el ritmo de recuperación del capital.

Componentes críticos del costo de establecimiento

El rubro de preparación del terreno suele subestimarse, aunque representa entre el 10 y el 20 % del costo total de establecimiento. Incluye desmonte selectivo, rastreo, subsoleo, trazado de curvas a nivel y, en laderas, construcción de terrazas o camellones. Cuando se omite o se simplifica en exceso, se generan suelos con drenaje deficiente, compactación en el horizonte subsuperficial y mayor susceptibilidad a erosión, lo que incrementa los costos de fertilización y riego en los años siguientes y reduce la eficiencia de uso de nutrientes y agua. El ahorro inicial en maquinaria casi siempre se compensa con creces por una menor respuesta productiva del sistema radicular.

El material vegetativo es, con frecuencia, el componente más visible del presupuesto, pero no siempre el más analizado desde la lógica de riesgo. El costo de una planta injertada de calidad certificada puede duplicar al de una planta de vivero informal, sin embargo, la diferencia en uniformidad genética, sanidad y compatibilidad patrón-injerto repercute directamente en la curva de entrada a producción y en la longevidad del huerto. Plantas infectadas con Phytophthora cinnamomi o con patrones inadecuados para suelos arcillosos o con pH alto generan fallas tempranas, reposiciones constantes y una estructura de edades heterogénea, lo que complica la programación de cosecha y la eficiencia en el uso de mano de obra.

En regiones con déficit hídrico estacional, la infraestructura de riego concentra una proporción creciente de la inversión. Un sistema de riego por goteo tecnificado, con filtrado adecuado, cabezal de fertirrigación y automatización básica, puede representar entre 70,000 y 140,000 MXN/ha, pero permite un control fino de la lámina aplicada, reduce el estrés hídrico y mejora la eficiencia de uso del agua por encima del 85 %. Desde el punto de vista económico, esto se traduce en mayor estabilidad de rendimientos y menor variabilidad interanual, un aspecto crucial para productores que dependen de contratos de suministro o que operan con financiamiento bancario.

Además, los costos de nutrición inicial y enmiendas en los primeros dos años no deben interpretarse como un gasto corriente más, sino como una inversión en la arquitectura del sistema radicular y en la capacidad del suelo para sostener altas extracciones futuras. La incorporación de materia orgánica, yeso agrícola, cal agrícola o azufre elemental, según el diagnóstico, corrige limitantes físicas y químicas que, si se atacan tarde, requieren dosis mayores y generan periodos de estrés productivo. Un programa de nutrición mal diseñado en la etapa de establecimiento, guiado solo por recetas generales, conduce a árboles con copas desbalanceadas, baja relación raíz/parte aérea y mayor susceptibilidad a plagas y enfermedades, lo que incrementa los costos fitosanitarios posteriores.

El rubro de protección fitosanitaria en establecimiento, aunque menor en términos absolutos (5-10 % del total), tiene un efecto multiplicador sobre la supervivencia de plantas y la uniformidad del huerto. La prevención de Phytophthora, barrenadores de rama, trips y ácaros desde el primer año reduce la necesidad de intervenciones agresivas más adelante, que no solo son más costosas, sino que también afectan la fisiología del árbol en etapas críticas de formación. En este punto, la lógica económica se alinea con la agronómica: la prevención es más rentable que la corrección.

Errores más costosos en la fase de establecimiento

Los errores de mayor impacto económico no siempre se asocian al gasto más visible, sino a decisiones estratégicas que condicionan el desempeño del sistema completo. El primero es la selección inadecuada del sitio, en particular respecto a altitud, riesgo de heladas y disponibilidad de agua. Establecer aguacate en zonas con heladas recurrentes o con acceso incierto a agua de riego obliga a inversiones posteriores en protección contra frío, perforación de pozos adicionales o compra de agua a terceros, lo que distorsiona el flujo de caja y aumenta la probabilidad de incumplir compromisos financieros.

Otro error recurrente es la subinversión en infraestructura hídrica por priorizar la reducción del costo inicial. Sistemas de riego subdimensionados, con diseño hidráulico deficiente o sin capacidad para fertirrigación, generan costos ocultos: mayor consumo energético por presiones inadecuadas, obstrucciones frecuentes, distribución heterogénea del agua y necesidad de aplicaciones foliares adicionales para compensar deficiencias nutricionales. El resultado es un huerto con zonas de bajo rendimiento estructural, que nunca alcanzan el potencial productivo del resto de la superficie, reduciendo el promedio de t/ha y la competitividad frente a productores mejor tecnificados.

La elección de material vegetativo barato y no certificado es, quizá, el error más costoso a mediano plazo. Aunque reduce el desembolso inicial por hectárea, incrementa el riesgo de introducir patógenos de suelo, virosis o desuniformidad clonal. Desde la perspectiva económica, esto se traduce en mayores tasas de reposición de plantas, mayor variabilidad en calibres y fechas de cosecha y dificultades para cumplir estándares de mercado de exportación. El costo de oportunidad de perder acceso a mercados de alto valor por problemas de calidad y sanidad supera ampliamente el ahorro inicial en plantas.

También resulta crítico el subdimensionamiento del capital de trabajo para los primeros tres años. Muchos proyectos calculan con precisión la inversión fija, pero subestiman los costos de manejo durante la etapa improductiva, confiando en que el flujo de caja se estabilizará antes de lo previsto. Cuando esto no ocurre, se recurre a recortes en fertilización, control de malezas o manejo fitosanitario, lo que afecta la formación de copa y retrasa la entrada a producción. Desde la lógica financiera, es preferible sobreestimar los requerimientos de capital de trabajo y asegurar la continuidad de las prácticas recomendadas, que enfrentar un “estrés financiero” que obligue a manejar el huerto por debajo de su umbral técnico.

Un error adicional, menos evidente, es la ausencia de una planeación de mercado integrada al diseño del huerto. Elegir densidad, portainjertos, fechas de plantación y nivel tecnológico sin considerar ventanas de cosecha, requerimientos de certificación y tendencias de demanda, conduce a sistemas productivos técnicamente sólidos pero económicamente vulnerables. Por ejemplo, una plantación orientada a mercados de exportación sin prever los costos de certificación en inocuidad, trazabilidad y huella hídrica, enfrentará, al llegar a producción, inversiones adicionales no contempladas que alteran la tasa interna de retorno del proyecto.

Finalmente, los errores en el diseño de la estructura de drenaje y manejo de escurrimientos tienen un impacto acumulativo que suele manifestarse cuando ya es muy costoso corregir. Canales mal dimensionados, ausencia de obras de retención en laderas y falta de integración del diseño de riego con el diseño de drenaje favorecen encharcamientos, erosión y pérdida de suelo fértil, lo que incrementa los costos de mantenimiento y reduce la productividad de las zonas afectadas. En el largo plazo, estos problemas se reflejan en mayores costos por unidad de aguacate producido y en una menor resiliencia del sistema frente a eventos climáticos extremos.

La lógica económica del establecimiento del aguacate, por tanto, se basa en identificar qué partidas generan capacidad productiva sostenible y cuáles solo añaden costo sin mejorar el potencial del sistema. Invertir con precisión quirúrgica en sitio, agua, suelo y material vegetativo de calidad no solo reduce riesgos, también construye la base para que las decisiones posteriores —nutrición, poda, cosecha, comercialización— operen sobre un huerto que responde, en lugar de uno que resiste. A escala de empresa agrícola, la diferencia entre ambos escenarios se refleja en la estabilidad del negocio frente a la volatilidad de precios, el clima y los costos de insumos.

Costos de operación

Los costos de operación del aguacate en México se han vuelto el eje silencioso que define la rentabilidad real del cultivo, más allá del precio de exportación o de las modas de consumo. En un sistema donde el margen neto por hectárea puede oscilar entre 20 % y 45 % según manejo y destino de mercado, pequeñas desviaciones en las decisiones de gasto se traducen en pérdidas acumuladas que comprometen la viabilidad de la plantación a largo plazo. Entender la lógica económica de estos costos implica mirar el huerto como una empresa biológica de ciclo largo, donde cada peso invertido hoy repercute en la productividad de los próximos 20 a 30 años.

Estructura económica de los costos de operación

En un huerto tecnificado de Persea americana var. Hass de entre 200 y 300 árboles/ha, los costos de operación anuales tienden a concentrarse en cuatro rubros mayores: mano de obra, nutrición y enmiendas, manejo fitosanitario y agua-energía. En promedio, estos componentes representan entre 70 % y 85 % del costo operativo total, con variaciones según región, pendiente, disponibilidad de agua y nivel de mecanización.

La mano de obra suele absorber entre 30 % y 45 % del costo anual, especialmente en zonas de ladera donde la mecanización es limitada, como en buena parte de Michoacán. Actividades como poda, aclareo de frutos, control de malezas, aplicaciones fitosanitarias y, sobre todo, cosecha y selección en campo, son intensivas en jornales, y su costo se incrementa cuando no se planifica la curva de producción y se concentran labores en ventanas muy cortas. La falta de calendarización técnica de labores genera picos de demanda de mano de obra que obligan a pagar sobreprecios, reduciendo el margen en las semanas de mayor volumen de corte.

El segundo gran bloque corresponde a fertilización y enmiendas, que suele representar entre 20 % y 30 % del costo de operación, dependiendo del precio de los fertilizantes nitrogenados y potásicos, así como de la incorporación de materia orgánica y correctores de pH. El error recurrente en muchos huertos es asumir que más insumo equivale a más rendimiento, cuando la respuesta productiva del aguacate se rige por curvas de eficiencia decreciente, donde por encima de ciertos umbrales el incremento en producción por unidad de nutriente aplicado es mínimo, mientras el costo marginal sigue aumentando.

Mano de obra: eficiencia, calendario y errores críticos

El componente laboral no solo es cuantitativamente importante, también es el más sensible a la organización del sistema productivo. La cosecha es el mejor ejemplo: representa entre 40 % y 60 % del costo de mano de obra anual, y su eficiencia depende de la altura de copa, la accesibilidad del terreno y la logística de acarreo. Copas mal manejadas, con árboles excesivamente altos, obligan a usar herramientas más largas, multiplicar el tiempo por árbol y aumentar el riesgo de daño mecánico al fruto, lo que se traduce en mayores mermas poscosecha y rechazo comercial.

Un error costoso es subestimar el impacto económico de una poda deficiente. Poda mal ejecutada no solo incrementa el costo de cosecha en los siguientes años, también reduce la iluminación interna de la copa, favorece la alternancia productiva y aumenta la incidencia de plagas como trips, ácaros y barrenadores, lo que encarece el manejo fitosanitario. Desde la óptica económica, la poda debe verse como una inversión que reduce costos futuros de mano de obra y fitosanidad, además de estabilizar la producción, por lo que recortar gastos en poda especializada suele ser una de las decisiones más caras a mediano plazo.

Asimismo, la falta de estandarización de labores incrementa el costo por hectárea, ya que los tiempos por actividad varían enormemente entre cuadrillas. Productores que implementan protocolos claros, capacitación periódica y medición de rendimientos por jornal logran reducciones de 10 % a 20 % en costo laboral sin sacrificar calidad, mientras que quienes operan sin indicadores terminan pagando sobrecostos invisibles que se diluyen en la contabilidad general.

Nutrición y enmiendas: entre la sobrefertilización y la ineficiencia

En la nutrición del aguacate, el costo no se define solo por el precio del fertilizante, sino por la eficiencia de uso de nutrientes, que depende de la textura del suelo, el pH, la humedad y la arquitectura radicular. Programas de fertilización que no se basan en análisis de suelo y foliares tienden a sobredosificar nitrógeno y potasio, generando costos innecesarios y desequilibrios que predisponen a la planta a problemas fisiológicos y sanitarios.

Un error económico recurrente es invertir en fórmulas complejas y de alta concentración sin ajustar dosis ni fraccionar aplicaciones, lo que incrementa el lavado de nutrientes y reduce la fracción realmente aprovechada por el árbol. Desde la perspectiva de costo-beneficio, resulta más rentable un programa que combine fuentes solubles con aplicaciones parciales, sincronizadas con etapas fenológicas clave (brotación, floración, cuajado y llenado de fruto), que un esquema de grandes dosis concentradas al inicio de la temporada.

Las enmiendas calcáreas y orgánicas representan otro rubro que suele manejarse de forma inercial. La aplicación de cal o yeso agrícola sin diagnóstico de acidez o saturación de aluminio conduce a gastos que no modifican de manera significativa la productividad, mientras que la omisión de materia orgánica en suelos de baja CIC incrementa la dependencia de fertilizantes químicos y reduce la resiliencia del sistema frente a sequías. La lógica económica indica que el objetivo no es maximizar la fertilización, sino optimizar la relación costo-rendimiento, manteniendo la fertilidad funcional del suelo con el menor gasto recurrente posible.

Manejo fitosanitario y agua-energía: el costo de la prevención tardía

El control fitosanitario del aguacate, especialmente frente a Phytophthora cinnamomi, Colletotrichum spp., Armillaria y plagas como trips, ácaros y barrenadores, constituye entre 15 % y 25 % del costo de operación en huertos que aspiran a mercados de exportación. El error más oneroso no suele ser gastar demasiado en fungicidas o insecticidas, sino gastar tarde y sin estrategia, permitiendo que las poblaciones de plagas o la incidencia de enfermedades superen umbrales de daño económico.

Cuando el manejo se basa en aplicaciones calendarizadas sin monitoreo, se generan dos problemas: subaplicación en momentos críticos y sobreaplicación en periodos de baja presión, lo que incrementa el costo por hectárea sin mejorar el control. En cambio, sistemas que integran monitoreo sistemático, umbrales de intervención y rotación de modos de acción logran reducir entre 20 % y 30 % el número de aplicaciones anuales, manteniendo o mejorando la calidad del fruto. El costo real de un manejo fitosanitario deficiente se refleja en rechazos por residuos, pérdida de mercados y reducción del porcentaje de fruta de exportación, que es donde se concentra el valor económico del cultivo.

En paralelo, el binomio agua-energía se ha vuelto un componente creciente del costo operativo, sobre todo en huertos con riego presurizado y extracción profunda. El gasto en energía eléctrica o diésel para bombeo puede representar entre 10 % y 18 % del costo anual en zonas con acuíferos sobreexplotados o topografías complejas. El error más caro consiste en dimensionar el sistema de riego sin considerar la eficiencia hidráulica y la variabilidad de la oferta de agua, lo que lleva a sobredimensionar bombas, operar a presiones excesivas y perder agua por mala distribución, incrementando el costo por m³ efectivamente aprovechado por el árbol.

La ausencia de programas de riego basados en monitoreo de humedad de suelo y demanda atmosférica provoca tanto estrés hídrico como encharcamientos, ambos con impacto directo en el rendimiento y en la incidencia de Phytophthora. Desde la lógica económica, cada m³ de agua aplicado fuera de la ventana óptima de demanda no solo es un costo directo en energía, también es un costo indirecto en pérdida de productividad y aumento de riesgos sanitarios.

Errores de alto impacto económico y decisiones estratégicas

Más allá de cada rubro específico, los errores más costosos en los costos de operación del aguacate surgen de decisiones estratégicas mal evaluadas. Uno de ellos es sobredimensionar el nivel tecnológico sin un análisis de retorno sobre la inversión. Instalar sistemas de fertirriego sofisticados, sensores avanzados o maquinaria especializada sin un plan claro de cómo esos activos reducirán costos unitarios o aumentarán el porcentaje de fruta de alta calidad genera estructuras de costo fijo y variable que el huerto no siempre puede sostener cuando los precios internacionales se contraen.

Otro error crítico es no diferenciar el manejo según estratos productivos dentro del mismo huerto. Tratar con el mismo paquete tecnológico a árboles jóvenes, en plena producción y en declive productivo, diluye recursos en segmentos con bajo potencial de respuesta, elevando el costo promedio por tonelada. La gestión económica avanzada exige segmentar el huerto, ajustar dosis, frecuencias y niveles de intervención, concentrando los recursos donde el incremento marginal de rendimiento y calidad justifica el gasto.

Finalmente, uno de los errores más caros, aunque menos visibles, es operar sin contabilidad analítica por hectárea y por bloque, lo que impide identificar qué decisiones técnicas mejoran realmente la rentabilidad. Sin datos desagregados, el productor reacciona a los precios de mercado, pero no afina su estructura de costos, dejando pasar ineficiencias acumuladas en mano de obra, insumos y energía. El aguacate, como cultivo perenne de alto valor, premia a quienes entienden que la rentabilidad no depende solo del precio por kilo, sino de la disciplina con la que se diseña y se controla cada peso invertido en el sistema productivo.

Rendimiento esperado

Los rendimientos del aguacate en México se han convertido en un indicador económico tan sensible como el tipo de cambio o el precio internacional, porque condicionan la rentabilidad, la estructura de costos y la viabilidad de largo plazo de las plantaciones. El rendimiento ya no se interpreta solo como toneladas por hectárea, sino como la intersección entre genética, manejo agronómico, edad del huerto, presión de plagas, disponibilidad hídrica y acceso a mercados de alto valor. Entender qué significa producir por debajo o por encima del promedio nacional implica, en realidad, leer la salud económica de todo el sistema productivo.

Rendimiento promedio y su heterogeneidad real

En México, el rendimiento promedio nacional de aguacate Hass comercial oscila actualmente entre 10 y 12 t/ha, considerando todas las edades de huerto y todos los niveles tecnológicos, con estados líderes como Michoacán y Jalisco que superan con frecuencia las 13 t/ha en unidades de producción tecnificadas. Sin embargo, esta cifra es un promedio que oculta una dispersión notable, con huertos tradicionales de temporal que apenas alcanzan 4–6 t/ha y plantaciones intensivas de riego con densidades altas que se sitúan en 18–22 t/ha en años de carga.

Esa heterogeneidad tiene una explicación estructural, porque el rendimiento responde a la combinación de edad del huerto y nivel tecnológico. Plantaciones jóvenes (4–7 años) en plena entrada en producción, con portainjertos bien adaptados y manejo nutricional balanceado, suelen estabilizarse en el rango de 12–16 t/ha, mientras que huertos viejos, con árboles sobrecrecidos, copas sombreadas y baja renovación de ramas fructíferas, caen a 7–9 t/ha incluso con buen manejo fitosanitario. La edad, por tanto, no solo define el potencial productivo fisiológico, también condiciona la estructura de costos por tonelada producida.

A medida que se incorporan sistemas de riego presurizado, monitoreo de humedad en suelo, fertilización de precisión y poda sistemática, el rendimiento medio del estrato tecnificado se desplaza hacia 15–20 t/ha, pero con una consecuencia económica clave, el costo por hectárea aumenta, aunque el costo por tonelada tiende a disminuir, siempre que se logre sostener la productividad en el rango alto durante varios ciclos. El rendimiento deja de ser un dato aislado y se vuelve un parámetro de eficiencia económica.

Implicaciones económicas de rendimientos por debajo del promedio

Producir por debajo del promedio nacional, en el rango de 5–8 t/ha en huertos comerciales, suele asociarse con tres escenarios: plantaciones de temporal sin manejo intensivo, huertos en su fase inicial de producción o sistemas con limitaciones severas de agua, nutrición o sanidad. Desde el punto de vista económico, el problema no es solo el volumen reducido, sino la relación entre rendimiento y costo fijo por hectárea, que permanece prácticamente constante, independientemente de la producción.

Conceptualmente, si se asume un costo total de producción de 120,000–150,000 MXN/ha en sistemas de manejo medio a alto, un rendimiento de 6 t/ha implica costos de 20,000–25,000 MXN/t, mientras que con 12 t/ha los costos unitarios se reducen a 10,000–12,500 MXN/t, aun sin modificar la estructura de gastos. En un entorno de precios internacionales volátiles, con picos de exportación atractivos pero también con periodos de sobreoferta, los productores de baja productividad quedan expuestos, porque su margen se erosiona con cualquier descenso moderado del precio de campo.

Además, los rendimientos bajos limitan el acceso a mercados de exportación exigentes, ya que la inversión en certificaciones, trazabilidad, infraestructura de empaque y cumplimiento de protocolos fitosanitarios se diluye mejor cuando el volumen por hectárea es alto, lo que reduce el costo de certificación por tonelada. Un huerto de 6 t/ha difícilmente justifica, en términos de flujo de caja, la inversión en sistemas de monitoreo de residuos, auditorías externas y mejora continua, de modo que queda confinado a mercados locales o regionales, con precios más inestables y menor poder de negociación.

La baja productividad también incrementa el riesgo frente a choques climáticos o fitosanitarios, porque un evento de helada ligera, un episodio de estrés hídrico en floración o un brote de Phytophthora cinnamomi puede reducir la producción en 20–30 %, llevando el rendimiento efectivo a 4–5 t/ha, nivel en el que los costos operativos difícilmente se cubren. En ese contexto, la decisión de replantar, rejuvenecer o incluso reconvertir el uso del suelo se vuelve un análisis económico urgente, más que una discusión agronómica.

Ventajas y desafíos de rendimientos por encima del promedio

En el extremo opuesto, los rendimientos altos, por encima de 16–18 t/ha, se asocian casi siempre con sistemas de alto nivel tecnológico, manejo intensivo del dosel, riego controlado y nutrición ajustada a análisis de suelo y tejido. Económicamente, estos huertos generan una ventaja clara: diluyen los costos fijos, permiten negociar mejores condiciones comerciales con empacadoras y exportadores, y soportan mejor las fluctuaciones de precio, porque su costo unitario es más bajo.

Sin embargo, la productividad elevada no es sinónimo automático de mayor rentabilidad, ya que suele implicar costos variables más altos, especialmente en fertilización, mano de obra calificada para poda y cosecha, control de plagas y enfermedades y mantenimiento de infraestructura de riego. Para que la ecuación cierre, el sistema debe sostener rendimientos altos de forma relativamente estable, reduciendo la alternancia bianual severa y evitando años de “descanso” productivo que disparen el costo por tonelada.

Un punto crítico es la relación entre rendimiento y calidad de fruto, porque las plantaciones que persiguen volúmenes extremos, superiores a 22–24 t/ha en años de carga, tienden a presentar calibres menores, variabilidad en contenido de materia seca y mayor susceptibilidad a desórdenes fisiológicos poscosecha. Si el mercado objetivo paga primas por calibres específicos y calidad homogénea, un productor con 18 t/ha de fruta bien calibrada puede obtener ingresos netos superiores a otro con 24 t/ha de fruta heterogénea y mayor rechazo en empaque, lo que demuestra que el rendimiento debe evaluarse junto con la estructura de precios por categoría comercial.

Además, los sistemas de alta productividad suelen incrementar su huella hídrica y su dependencia de insumos externos, lo que los hace vulnerables a aumentos en el costo de fertilizantes, energía para bombeo o restricciones regulatorias en el uso de agua. Desde una perspectiva de sostenibilidad económica, los rendimientos altos son ventajosos mientras se mantenga un equilibrio entre productividad, costos y cumplimiento de estándares ambientales, especialmente en regiones bajo escrutinio internacional.

Rendimiento, riesgo y decisiones de inversión

El rendimiento esperado funciona como eje para las decisiones de inversión en nuevas plantaciones o en la reconversión de huertos existentes. Proyectos que modelan rendimientos de 15–18 t/ha a partir del año 7, con precios moderados pero estables, muestran periodos de recuperación de la inversión de 8–10 años, mientras que escenarios de 8–10 t/ha desplazan ese horizonte a 12–14 años, con una sensibilidad mucho mayor a variaciones en precio, tipo de cambio o costos de insumos. Para instituciones financieras y fondos de inversión agrícola, esta diferencia es determinante en la evaluación del riesgo crediticio.

La relación entre rendimiento y riesgo productivo se expresa también en la gestión de seguros agrícolas y coberturas de precio, porque las primas y las sumas aseguradas se calculan con base en rendimientos históricos o esperados. Productores con registros consistentes de 16–20 t/ha pueden negociar condiciones más favorables, mientras que aquellos con rendimientos erráticos o por debajo del promedio enfrentan primas más altas o incluso dificultades para asegurar su producción, lo que aumenta su exposición a pérdidas catastróficas.

En este contexto, la adopción de tecnologías como monitoreo climático local, sensores de humedad, modelos fenológicos y sistemas de información geoespacial permite ajustar las decisiones de manejo para estabilizar el rendimiento, reduciendo la variabilidad interanual. Desde el punto de vista económico, no se trata solo de aumentar el promedio, sino de estrechar el rango de fluctuación, porque los años de baja producción son los que comprometen la liquidez y la capacidad de cumplir obligaciones financieras.

Finalmente, la discusión sobre rendimientos del aguacate en México se ha desplazado hacia una visión más integral, donde el objetivo no es maximizar toneladas por hectárea a cualquier costo, sino optimizar un rendimiento económicamente sostenible, compatible con la conservación del recurso hídrico, la calidad del suelo y la aceptación social del cultivo en las regiones productoras. Producir por debajo o por encima del promedio nacional deja de ser una simple etiqueta estadística y se convierte en un indicador de la posición competitiva del productor en una cadena global cada vez más exigente y transparente.

Rentabilidad del cultivo

La rentabilidad del cultivo de aguacate en México se sostiene sobre un equilibrio delicado entre inversión inicial, eficiencia productiva, manejo de riesgos y estrategia comercial. El atractivo de los precios internacionales, con promedios recientes superiores a 2,3 USD/kg en mercados de exportación, ha impulsado una rápida expansión de la superficie, pero también ha elevado los costos de entrada y la vulnerabilidad financiera de las unidades de producción. El retorno sobre la inversión deja de ser un resultado espontáneo del “buen precio” y se convierte en la consecuencia de decisiones técnicas y económicas finamente coordinadas.

Estructura de costos y punto de equilibrio

El primer factor que determina la rentabilidad es la estructura de costos a lo largo del ciclo de vida del huerto. La fase de establecimiento (años 0-3) concentra las inversiones más pesadas: preparación del terreno, plantación de árboles, sistema de riego presurizado, infraestructura de caminos internos y, en muchos casos, obras para captación de agua. Dependiendo de la densidad de plantación (de 156 a más de 400 árboles/ha) y del nivel tecnológico, la inversión inicial en México oscila típicamente entre 12,000 y 25,000 USD/ha, antes de que el huerto alcance su plena producción.

Esta estructura obliga a calcular con precisión el punto de equilibrio, no solo en términos de rendimiento (t/ha) sino de precio mínimo de venta por kilogramo. En huertos tecnificados con rendimientos potenciales de 15-20 t/ha a partir del año 7, el punto de equilibrio puede ubicarse alrededor de 6-8 t/ha, siempre que los costos variables (mano de obra, insumos, cosecha y empaque) se mantengan controlados. Cuando los costos fijos se disparan por endeudamiento excesivo, sobredimensionamiento de infraestructura o baja eficiencia en el uso del agua y la energía, el productor queda expuesto a cualquier caída moderada del precio internacional.

El diseño financiero del proyecto debe contemplar no solo el flujo de caja esperado, sino la variabilidad interanual de rendimientos y precios, ya que el aguacate es altamente susceptible a alternancia productiva y a choques de mercado. Un esquema de costos flexible, con capacidad de ajustar labores no críticas en años de baja liquidez, se vuelve tan importante como la propia productividad física del huerto.

Productividad, manejo del riesgo y eficiencia técnica

La rentabilidad de largo plazo depende de que el huerto se mantenga en la franja alta de productividad sostenible, no en picos esporádicos. En México, los mejores sistemas tecnificados superan las 18-20 t/ha en Persea americana var. Hass, mientras que el promedio nacional se mantiene alrededor de 10-12 t/ha, con una brecha atribuible principalmente a diferencias en manejo de nutrición, riego, sanidad y densidad de plantación. Cada tonelada adicional por hectárea, cuando el costo marginal de producirla es menor al precio de venta neto, se traduce en una mejora directa del retorno sobre la inversión.

Sin embargo, la búsqueda de altos rendimientos sin un enfoque de manejo integrado de riesgos suele erosionar la rentabilidad. La sobreaplicación de fertilizantes nitrogenados, por ejemplo, incrementa los costos directos, deteriora la estructura del suelo y aumenta la susceptibilidad a enfermedades radiculares como Phytophthora cinnamomi, lo que a mediano plazo reduce la vida útil del huerto y obliga a reinversiones prematuras. La rentabilidad robusta se asocia a esquemas de fertilización basados en análisis de suelo y foliares, uso racional de fuentes orgánicas y monitoreo sistemático de la respuesta productiva.

El riego es otro eje crítico, tanto por su costo energético como por su impacto en la fisiología del cultivo. Sistemas de riego por goteo bien diseñados, con programación basada en evapotranspiración real y sensores de humedad, permiten reducir el consumo de agua en 20-40 % frente a métodos tradicionales, a la vez que estabilizan la floración y el amarre de fruto. Esta estabilidad productiva reduce la alternancia y, con ella, la volatilidad de los ingresos, mejorando el perfil de riesgo del proyecto ante instituciones financieras.

La sanidad del huerto, en particular el manejo de plagas clave como Conotrachelus aguacatae y enfermedades de raíz, no solo afecta los volúmenes cosechados, sino la calidad comercial del fruto, que determina el acceso a los segmentos más rentables del mercado. Estrategias de manejo integrado de plagas (MIP) que combinan monitoreo, control biológico, prácticas culturales y aplicaciones químicas selectivas, tienden a reducir el costo sanitario por kilogramo comercializable y a la vez preservan la funcionalidad biológica del agroecosistema, lo que disminuye la dependencia de insumos externos.

Calidad, certificaciones y acceso a mercados

La rentabilidad del aguacate mexicano está crecientemente ligada a la capacidad de cumplir estándares de calidad, inocuidad y sostenibilidad exigidos por los mercados de exportación. El diferencial de precio entre fruta que solo cumple especificaciones básicas y fruta que ingresa a programas de supermercados con certificaciones como GlobalG.A.P., PrimusGFS u otros esquemas de trazabilidad puede superar el 20-30 %, especialmente en ventanas de alta demanda.

Este diferencial, sin embargo, solo se traduce en mayor retorno si el costo de implementar y mantener estos sistemas de certificación se gestiona con rigor. La inversión en infraestructura de empaque, capacitación de personal, registros y auditorías incrementa los costos fijos, pero permite acceder a contratos más estables y a compradores dispuestos a pagar primas por cumplimiento de protocolos. La clave económica está en diluir estos costos en volúmenes suficientes, lo que favorece esquemas de integración horizontal entre productores o la participación en asociaciones y cooperativas que comparten servicios de empaque y certificación.

La calidad interna del fruto, particularmente el contenido de materia seca, el comportamiento poscosecha y la uniformidad de calibres, influye directamente en la frecuencia de reclamos comerciales, descuentos y rechazos en destino. Un manejo nutricional equilibrado, la regulación del carga-fruto mediante poda y raleo, y la cosecha en el punto óptimo de madurez fisiológica disminuyen pérdidas poscosecha, que en algunos sistemas pueden representar 8-12 % del volumen enviado. Reducir estas mermas equivale, en términos económicos, a aumentar el rendimiento sin ampliar la superficie.

Además, la trazabilidad completa desde el árbol hasta el consumidor final se está convirtiendo en requisito para los mercados de mayor valor, no solo por inocuidad, sino por criterios de sostenibilidad ambiental y responsabilidad social. Cumplir con normativas de uso de agua, manejo de residuos, protección de biodiversidad y condiciones laborales dignas ya no es solo un tema reputacional, sino un filtro de acceso a cadenas de suministro globales que concentran el poder de compra.

Gestión empresarial, escala y diversificación del riesgo

El cultivo de aguacate ha pasado, en muchas regiones, de ser una actividad predominantemente campesina a una empresa agrícola intensiva en capital, donde la gestión administrativa y financiera pesa tanto como el conocimiento agronómico. La planificación de flujos de efectivo, la negociación de créditos con tasas competitivas, la cobertura cambiaria cuando se opera con exportaciones en dólares y costos en pesos, y la lectura estratégica de los ciclos de precio internacional se convierten en competencias determinantes para sostener la rentabilidad.

La escala de operación influye en la estructura de costos y en el poder de negociación. Unidades de producción más grandes pueden acceder a insumos a menor precio por volumen, negociar mejores tarifas de empaque y transporte, y distribuir el costo de certificaciones entre más hectáreas, pero también enfrentan mayores desafíos de coordinación y riesgos más altos en caso de eventos climáticos extremos. Los productores de menor escala, por su parte, suelen tener costos unitarios más altos si operan de forma aislada, aunque pueden compensarlo mediante esquemas de integración asociativa, venta en nichos especializados o diversificación productiva.

La diversificación del riesgo es un componente subestimado en la evaluación de rentabilidad. Depender exclusivamente del aguacate, en un contexto de creciente volatilidad climática y regulatoria, expone el capital invertido a choques severos. La incorporación de coberturas agrícolas, seguros contra contingencias climáticas, contratos de suministro de mediano plazo con compradores confiables y, cuando las condiciones agroecológicas lo permiten, la combinación del aguacate con otros cultivos o actividades agroindustriales, amortigua las fluctuaciones de ingreso y mejora la estabilidad del retorno.

Por último, la rentabilidad se ve modulada por factores externos sobre los que el productor tiene influencia limitada, pero que deben ser anticipados: cambios en políticas fitosanitarias de países importadores, restricciones por temas de deforestación o huella hídrica, variaciones en los costos de transporte internacional y competencia de otros orígenes productores. Los sistemas productivos que integran información de mercado en tiempo real y ajustan su estrategia de cosecha, almacenamiento y comercialización de forma dinámica, logran capturar mejor las ventanas de precio alto y mitigar los periodos de sobreoferta.

En conjunto, el retorno sobre la inversión en aguacate no depende de un solo factor técnico ni de un único indicador financiero, sino de la coherencia entre diseño del huerto, manejo agronómico, estructura de costos, gestión de riesgos y posicionamiento en la cadena de valor. La rentabilidad sólida surge cuando cada decisión en campo se alinea con una visión empresarial que entiende al árbol de aguacate no solo como una planta productora de frutos, sino como un activo de largo plazo inmerso en un sistema económico complejo.

Riesgos económicos

Los riesgos económicos que enfrenta un productor de fresa en México se han intensificado en la última década, no solo por la volatilidad de los mercados, sino por la creciente complejidad de los factores climáticos, sanitarios y regulatorios que inciden directamente en la rentabilidad. La fresa, al ser un cultivo de alta inversión inicial y costos operativos elevados, amplifica cualquier desviación en precio, rendimiento o calidad, de modo que pequeños cambios externos pueden traducirse en pérdidas significativas de capital.

La primera fuente de vulnerabilidad es la volatilidad de precios, tanto en el mercado nacional como en el de exportación. En estados como Michoacán, Baja California y Guanajuato, donde la fresa se orienta fuertemente al mercado de Estados Unidos y Canadá, el productor depende de precios internacionales sujetos a sobreoferta estacional, variaciones en el tipo de cambio y cambios en la demanda del consumidor. Un incremento súbito en la producción de California o Florida, o una ampliación de superficie en países competidores como Perú, puede provocar caídas de precio de 15-30 % en pocas semanas, erosionando por completo el margen de utilidad de productores con estructuras de costos rígidas, especialmente aquellos con contratos de venta poco diversificados.

A esta volatilidad se suma la dependencia del tipo de cambio peso-dólar, que actúa como un arma de doble filo. Cuando el peso se deprecia, el ingreso en moneda nacional de los exportadores mejora, pero los costos de insumos importados, como agroquímicos especializados, plásticos agrícolas, sistemas de riego presurizado y material vegetativo certificado, también se encarecen, reduciendo el beneficio neto. En cambio, una apreciación del peso reduce el valor de las ventas de exportación sin disminuir de inmediato los costos internos, generando una compresión del margen que puede hacer inviables proyectos con alta carga de deuda en pesos y flujos de efectivo estrechos.

El clima extremo se ha consolidado como un factor de riesgo estructural, no solo coyuntural. La fresa es muy sensible a golpes de calor, heladas fuera de calendario y eventos de lluvia intensa durante la cosecha. En los últimos ciclos, se han registrado olas de calor en zonas productoras clave con temperaturas máximas por arriba de 35 °C durante varios días consecutivos, lo que provoca aborto floral, reducción del calibre y mayor incidencia de frutos deformes, mientras que las lluvias en plena cosecha incrementan la pudrición y reducen la vida de anaquel, afectando directamente la proporción de fruta que cumple con estándares de exportación. Cada evento climático adverso no solo disminuye el rendimiento en t/ha, también devalúa la fruta hacia mercados de menor precio, por lo que el impacto económico es doble.

Relacionado con lo anterior, la intensificación de plagas y enfermedades bajo escenarios de cambio climático y alta tecnificación incrementa el riesgo de pérdidas súbitas. Patógenos de suelo como Phytophthora spp. y Verticillium spp., hongos como Botrytis cinerea y Colletotrichum acutatum, así como plagas como trips, ácaros y Drosophila suzukii, obligan a programas de manejo integrado cada vez más costosos. Un fallo en la oportunidad de aplicación, una resistencia incipiente a fungicidas o insecticidas clave, o una restricción regulatoria a ingredientes activos usados de forma intensiva, pueden disparar la incidencia de daño, reduciendo el rendimiento comercializable y generando rechazos en centrales de empaque y en frontera. El productor queda entonces expuesto a pérdidas que no se compensan fácilmente con seguros agrícolas tradicionales, que suelen enfocarse en eventos climáticos y no en fallas de control sanitario.

La dependencia de mano de obra intensiva es otro eje crítico del riesgo económico. El cultivo de fresa demanda grandes volúmenes de jornales en periodos concentrados para labores de trasplante, deshierbe manual, poda, cosecha y selección en campo. En regiones con presión migratoria, competencia con otros cultivos de alto valor o cambios en la legislación laboral que eleven salarios mínimos y prestaciones, el costo de la mano de obra puede aumentar de forma abrupta. Si a esto se suma la escasez de trabajadores capacitados en picos de cosecha, el retraso en la recolección se traduce en sobre-maduración, pérdida de firmeza y rechazo de fruta en destino, de modo que la combinación de salarios más altos y menor volumen comercializable golpea directamente la rentabilidad.

En paralelo, la creciente exigencia de certificaciones de inocuidad y sostenibilidad se ha convertido en una barrera económica relevante. Esquemas como GlobalG.A.P., PrimusGFS o certificaciones orgánicas y de responsabilidad social implican inversiones en infraestructura (sanitarios, bodegas de agroquímicos, áreas de empaque en campo), capacitación continua, registros detallados y auditorías periódicas. Para productores medianos y pequeños, estos costos fijos adicionales pueden representar una fracción considerable del presupuesto anual, y el riesgo surge cuando el mercado no remunera adecuadamente estas certificaciones, o cuando cambios en los protocolos exigen nuevas inversiones sin un horizonte claro de recuperación.

La dimensión logística añade otra capa de vulnerabilidad, especialmente para quienes dependen del mercado de exportación. La fresa es extremadamente perecedera, por lo que cualquier falla en la cadena de frío o en la disponibilidad de transporte especializado incrementa pérdidas poscosecha. Congestiones en cruces fronterizos, inspecciones más estrictas por parte de autoridades sanitarias, o incrementos en los costos de flete por alzas en combustibles o por restricciones de oferta de transporte refrigerado, reducen el margen del productor, que suele tener poca capacidad de trasladar estos costos al comprador. Además, retrasos de 24-48 horas en la llegada al mercado pueden degradar la calidad sensorial y visual de la fruta, desplazándola a segmentos de menor precio.

La concentración de poder de negociación en pocos compradores grandes, tanto empacadoras como cadenas de supermercados, refuerza el riesgo de dependencia comercial. Cuando el productor se vincula a uno o dos compradores dominantes, queda expuesto a cambios unilaterales en condiciones de pago, especificaciones de calidad más estrictas sin ajuste de precio, o incluso cancelaciones de pedido ante fluctuaciones de la demanda minorista. Esta asimetría de poder puede forzar al agricultor a aceptar precios por debajo de su costo total, con la esperanza de mantener la relación comercial, lo que en la práctica erosiona su capital de trabajo y su capacidad de reinversión.

En el ámbito financiero, el uso intensivo de crédito agrícola para financiar infraestructura de riego, macrotúneles, acolchados plásticos, sistemas de fertirrigación y plantas de alta calidad genética, expone al productor a riesgos de sobreendeudamiento. Tasas de interés variables, plazos de pago poco alineados con el flujo real de caja del cultivo y la falta de esquemas de cobertura hacen que una sola temporada adversa pueda desestabilizar la estructura financiera de la unidad de producción. Cuando coinciden una baja de precios, un evento climático y problemas fitosanitarios, la capacidad de pago se deteriora rápidamente, incrementando la probabilidad de pérdida parcial o total de la inversión, e incluso de los activos productivos ofrecidos en garantía.

Los cambios regulatorios y comerciales también tienen un peso creciente. Nuevas normativas sobre residuos de plaguicidas, límites máximos más estrictos en mercados de alto valor, o modificaciones en aranceles y medidas no arancelarias, pueden dejar fuera de mercado a productores que no se adaptan con rapidez. Además, medidas de defensa comercial, como investigaciones antidumping o salvaguardas, podrían surgir si se percibe que las importaciones de fresa mexicana afectan a productores de países importadores, generando incertidumbre sobre el acceso al mercado y, por ende, sobre la viabilidad de inversiones de largo plazo.

La presión social y ambiental introduce un componente adicional de riesgo reputacional y operativo. En regiones donde la expansión de la fresa compite por agua con otros usos agrícolas, urbanos o ambientales, el escrutinio público sobre el consumo hídrico y el uso de agroquímicos se intensifica. Restricciones al uso de pozos, mayores tarifas por extracción, o conflictos sociales por acceso al recurso pueden limitar la operación normal del cultivo y obligar a inversiones en tecnologías de riego más eficientes o en recirculación de soluciones nutritivas. Si estas inversiones no se compensan con primas de precio o mejoras significativas en rendimiento, el retorno de la inversión se diluye y aumenta la probabilidad de pérdidas.

Finalmente, la combinación de todos estos factores configura un entorno de riesgo sistémico, donde los impactos no se presentan de manera aislada, sino encadenada. Un año con temperaturas extremas puede favorecer ciertas plagas, obligar a más aplicaciones fitosanitarias, elevar residuos en fruto y generar rechazos en mercados exigentes, mientras que la misma situación puede coincidir con aumentos de costos de energía y transporte, y con un contexto financiero de tasas de interés altas. El productor de fresa que no integra herramientas de gestión de riesgo, como diversificación de mercados, coberturas de precio, seguros paramétricos, innovación tecnológica y alianzas comerciales más equilibradas, queda expuesto a que un solo ciclo adverso no solo reduzca sus utilidades, sino que comprometa la continuidad de su proyecto productivo.

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