Manejo agronómico del cultivo de aguacate

Dominar el manejo agronómico del aguacate implica comprender la fisiología del árbol perenne, la dinámica de sus raíces superficiales y la sensibilidad del portainjerto a la asfixia radicular, por eso la elección del material genético, la densidad de plantación y el diseño de drenajes condicionan la longevidad productiva del huerto, mientras que la nutrición debe basarse en análisis foliares y del suelo, ajustando las relaciones N-P-K-Ca-Mg y el aporte de boro y zinc para sostener floración y cuajado.
Sobre esa base, el ajuste fino del riego presurizado y el monitoreo de la evapotranspiración permiten evitar estrés hídrico que predispone a Phytophthora cinnamomi y desórdenes fisiológicos, integrando control biológico, coberturas vegetales y poda estratégica se modula el microclima de la copa, se mejora la interceptación lumínica y se reduce la alternancia productiva, así, la trazabilidad de prácticas, el registro georreferenciado y la integración de sensores remotos se vuelven herramientas decisivas para sostener rendimiento, calidad de pulpa y competitividad en mercados exigentes.
Material vegetal y establecimiento del cultivo
La elección del material vegetal en aguacate determina, con precisión casi matemática, el techo productivo y la estabilidad fisiológica del huerto durante 25 a 40 años, por eso conviene partir de una premisa incómoda pero real: la mayoría de los problemas de productividad en México se originan en decisiones tomadas antes de plantar el primer árbol. El binomio variedad–portainjerto debe definirse a partir de clima, altitud, tipo de suelo, disponibilidad de agua, presión de plagas y enfermedades, y, sobre todo, del nicho de mercado al que se aspira, porque cada combinación desplaza el equilibrio entre rendimiento, calidad de fruto y resiliencia.
Criterios para la elección de variedad
En México, la hegemonía de Persea americana var. Hass responde a una lógica comercial contundente: domina más del 95 % de las exportaciones, presenta piel coriácea con buena resistencia poscosecha y un contenido de aceite que satisface los estándares internacionales. Sin embargo, en términos agronómicos, Hass no siempre es la opción óptima, especialmente en altitudes extremas, suelos pesados o zonas con heladas recurrentes, donde su comportamiento fisiológico se vuelve errático y se incrementa la alternancia productiva.
La selección varietal debe comenzar por el rango altitudinal y térmico, ya que condiciona floración, cuajado y dinámica de crecimiento vegetativo. Hass expresa su máximo potencial entre 1,400 y 2,200 m, con temperaturas medias anuales de 16–22 °C y oscilaciones diarias moderadas, mientras que materiales como Méndez, Carmen-Hass o ciertos genotipos criollos muestran mejor adaptación en altitudes menores (800–1,400 m) y ambientes más cálidos, donde Hass tiende a floraciones desfasadas y frutos de menor calibre. Esta adecuación fisiológica se refleja en la eficiencia de uso de carbohidratos y en la relación fuente–demanda durante el llenado de fruto.
El segundo eje de decisión es la ventana de cosecha buscada, que se relaciona con la estrategia comercial y la saturación de oferta en los principales mercados. Hass en la franja tradicional de Michoacán concentra cosechas de noviembre a abril, mientras que en zonas más cálidas de Jalisco, Nayarit o Estado de México, combinaciones con Méndez o Carmen permiten adelantar o extender la oferta hacia meses de menor competencia, siempre que el contenido de materia seca alcance los umbrales exigidos. La elección varietal, en este sentido, es una herramienta de gestión de precios tanto como de fisiología.
Un tercer criterio, con peso creciente, es la tolerancia a factores bióticos y abióticos. La presión de Phytophthora cinnamomi, Rosellinia necatrix o nematodos del género Pratylenchus obliga a priorizar materiales con mayor vigor radicular y cierta resistencia funcional, aunque sea parcial. Al mismo tiempo, en regiones con déficit hídrico estacional o con restricciones de agua por normatividad, adquieren relevancia variedades y portainjertos que mantengan tasa fotosintética y conductancia estomática aceptables bajo potenciales hídricos más negativos, sin comprometer el cuajado.
Finalmente, la variedad debe alinearse con las exigencias de mercado en términos de tamaño, relación pulpa–semilla, contenido de aceite y comportamiento poscosecha. Calibres pequeños o excesivamente grandes penalizan el precio, mientras que frutos con piel delgada o cicatrices marcadas reducen la vida de anaquel. En este punto, la interacción con el portainjerto es decisiva, porque modula vigor, tamaño final de fruto y uniformidad de cosecha, por lo que la variedad no puede evaluarse de manera aislada.
Portainjertos y calidad del material injertado
El portainjerto es el componente silencioso que define la arquitectura del sistema radicular, la eficiencia en la absorción de nutrientes y la respuesta a estrés, por lo que la elección entre razas mexicana, guatemalteca o antillana, o sus híbridos, no debe basarse solo en tradición local. Portainjertos de raza mexicana suelen mostrar mayor tolerancia al frío y mejor adaptación a altitudes altas, mientras que los antillanos y algunos híbridos se desempeñan mejor en climas cálidos y suelos con problemas de salinidad ligera, aunque con menor tolerancia a bajas temperaturas.
En suelos con drenaje imperfecto o con antecedentes de “tristeza del aguacate” por Phytophthora, la prioridad es la resistencia radicular. Portainjertos clonales seleccionados, propagados por técnicas como el método de doble injerto o el sistema de etiolación y enraizamiento, han demostrado reducir la mortalidad de plantas jóvenes y mejorar la estabilidad productiva, aunque su costo inicial sea superior. La relación costo–beneficio se vuelve favorable cuando se proyectan 20–25 años de explotación con menores fallas de plantación y menos reposiciones.
La calidad del material injertado debe verificarse con rigor, ya que plantas con uniones de injerto mal formadas, raíces espiraladas o síntomas iniciales de enfermedades vasculares comprometen la estructura del huerto desde el inicio. Es indispensable exigir trazabilidad genética y fitosanitaria, viveros certificados, y plantas con sistema radicular bien distribuido, sin raíces principales estranguladas por el contenedor, con altura equilibrada (40–70 cm), diámetro homogéneo y brotes lignificados, no excesivamente tiernos.
El proceso de injertación influye en la compatibilidad a largo plazo, por lo que conviene privilegiar técnicas y épocas que aseguren una rápida formación de callo y una alineación precisa de cambium, reduciendo el riesgo de desajustes vasculares que, años después, se traducen en debilidad mecánica o en cuellos de botella en el flujo de fotoasimilados. La homogeneidad del lote de plantas, en altura y vigor, se traduce luego en uniformidad de floración, respuesta a podas y sincronía de cosecha.
Diseño y establecimiento del huerto
Una vez definido el material vegetal, el establecimiento del cultivo se convierte en un ejercicio de ingeniería ecológica, donde la distancia de plantación, la orientación de hileras y el manejo inicial de raíces y copa determinan la eficiencia del uso de luz y agua. En sistemas intensivos, las densidades han evolucionado de esquemas tradicionales de 156–200 árboles/ha a arreglos de 400–800 árboles/ha o más, con marcos rectangulares o en seto, buscando interceptar mayor radiación por unidad de superficie y adelantar el pico de producción, siempre que se acompañe de un programa disciplinado de poda estructural y manejo de altura.
La preparación del terreno debe ir más allá de la simple nivelación, integrando análisis físico-químicos de suelo, determinación de profundidad efectiva, presencia de horizontes compactados y evaluación de drenaje interno. En suelos con limitaciones físicas, la subsolación dirigida y la incorporación localizada de materia orgánica en la línea de plantación favorecen el desarrollo de un sistema radicular profundo y ramificado, disminuyendo la dependencia del riego superficial y mejorando la resiliencia frente a sequías cortas.
La traza del huerto debe considerar la dirección de los vientos dominantes, la pendiente y la orientación solar, de modo que las hileras reduzcan la erosión y maximicen la intercepción de luz sin generar sombreados excesivos en horas críticas. En laderas, el establecimiento en curvas a nivel o en terrazas estabilizadas con coberturas vivas contribuye a conservar suelo y agua, mientras que en planicies con riesgo de anegamiento se vuelven imprescindibles los camellones o lomos de plantación y los drenajes superficiales y subterráneos.
El hoyo de plantación no es un simple receptáculo para la planta, sino un microambiente donde se define el primer contacto entre raíces y suelo, por lo que su tamaño, la mezcla de relleno y la posición del cuello de la planta deben cuidarse con precisión, evitando enterrar el injerto o dejar raíces expuestas. La hidratación previa del cepellón, el riego de asiento y, cuando es viable, la inoculación con micorrizas arbusculares y consorcios microbianos benéficos, acelera la colonización radicular y mejora la absorción temprana de fósforo y micronutrientes.
Manejo inicial y consolidación del sistema
Los primeros 24–36 meses tras la plantación constituyen una fase crítica en la que se define la arquitectura de copa y la relación raíz–parte aérea. Un manejo adecuado de tutores, protección contra viento y radiación excesiva, y podas formativas ligeras, orientadas a generar un esqueleto bien distribuido con 3–4 ramas principales, reduce el riesgo de fracturas futuras y facilita la mecanización parcial de labores. El exceso de vigor vegetativo, estimulado por riegos y fertilizaciones desbalanceadas, conduce a copas densas, con baja penetración de luz y predisposición a plagas como trips y ácaros.
El riego de establecimiento debe ajustarse a la capacidad real del sistema radicular joven, evitando saturaciones que favorezcan patógenos de suelo. Sistemas de riego presurizado, bien diseñados, con emisores de caudal y espaciamiento adecuados, permiten mantener un bulbo húmedo que estimula el crecimiento radial de raíces finas, mientras que la incorporación temprana de coberturas vegetales o acolchados orgánicos estabiliza la temperatura del suelo y reduce la evaporación directa.
La nutrición inicial requiere un enfoque distinto al de huertos en plena producción, priorizando fósforo disponible, calcio intercambiable y micronutrientes clave como zinc y boro, esenciales para la diferenciación de tejidos meristemáticos y la integridad de membranas. Dosis excesivas de nitrógeno en esta etapa generan tejidos suculentos, más susceptibles a heladas ligeras y a enfermedades foliares, además de inducir un desequilibrio en la relación C/N que puede retrasar la entrada en producción.
En paralelo, el manejo fitosanitario preventivo debe construirse sobre la exclusión y la vigilancia temprana más que en aplicaciones calendarizadas, aprovechando la sanidad inicial del material certificado. Barreras vivas, monitoreo sistemático y manejo del hábitat para enemigos naturales permiten contener poblaciones de plagas clave antes de que se establezca un equilibrio desfavorable, mientras que la inspección periódica de la zona del cuello y raíces superficiales ayuda a detectar, en fases incipientes, problemas de Phytophthora o de asfixia radicular.
Conforme el huerto avanza hacia su primera cosecha comercial, la coherencia entre material vegetal, diseño del sistema y manejo agronómico se refleja en la uniformidad del desarrollo, la sincronía de floración y la estabilidad del cuajado, elementos que, sumados, definen la competitividad real de la plantación frente a un entorno de mercados exigentes y condiciones ambientales cada vez más variables.
Claves del desarrollo vegetativo
El desarrollo vegetativo del aguacate define la arquitectura futura del huerto, la capacidad de carga de fruta y la eficiencia fisiológica del árbol durante décadas, por ello el manejo del riego, la nutrición mineral y las labores culturales en esta etapa exige una precisión que vaya más allá de las recomendaciones generales y se base en procesos ecofisiológicos medibles. Cada decisión que se toma sobre el agua, los nutrientes o la poda modifica el balance entre crecimiento vegetativo y potencial reproductivo, y ese equilibrio es el núcleo agronómico del cultivo moderno de Persea americana en México.
Manejo del riego y dinámica hídrica en la fase vegetativa
El aguacate presenta un sistema radical de baja profundidad efectiva, con más del 80 % de las raíces finas concentradas en los primeros 40 cm del suelo, lo que lo hace altamente sensible a fluctuaciones en la humedad del suelo y a la hipoxia radicular. Durante el desarrollo vegetativo, cuando se intensifica la emisión de brotes y hojas nuevas, la demanda de agua se incrementa, pero la tolerancia al exceso de humedad disminuye, de modo que el objetivo del riego no es saturar, sino mantener una franja de humedad cercana al 70-80 % de la capacidad de campo en la zona activa de raíces.
En condiciones de clima templado-subhúmedo de Michoacán, con evapotranspiraciones de referencia (ETo) entre 3.5 y 4.5 mm/día en primavera, la lámina de riego para aguacate adulto suele ubicarse entre 5.0 y 6.5 mm/día equivalente, ajustada por coeficientes de cultivo (Kc) de 0.9-1.1 en fase de máximo crecimiento vegetativo, sin embargo, la variabilidad de textura y profundidad de suelos volcánicos obliga a abandonar las dosis fijas y migrar a esquemas basados en sensores de tensión matricial (tensiómetros) o capacitancia, manteniendo umbrales de riego entre -20 y -30 kPa en suelos francos y algo más altos en suelos arenosos.
El tipo de sistema de riego determina la precisión del manejo, el riego por goteo presurizado, con 4-8 emisores por árbol y caudales de 2-4 L/h, permite fraccionar la lámina diaria en 2-3 pulsos, reduciendo el estrés hídrico y el riesgo de anoxia, mientras que el microaspersor, más común en huertos tradicionales, favorece una mayor superficie humedecida y mejor desarrollo radical lateral, pero incrementa las pérdidas por evaporación y la dificultad para controlar la humedad en periodos de lluvia. Durante el desarrollo vegetativo temprano, el uso de riegos cortos y frecuentes es preferible para sostener la expansión foliar, evitando fluctuaciones bruscas que disparan la abscisión de brotes tiernos.
La interacción entre agua y oxígeno en la rizosfera es crítica, la saturación prolongada por más de 24-48 horas en suelos pesados reduce la respiración radical, inhibe la absorción de nitrógeno y potasio y favorece la proliferación de Phytophthora cinnamomi, por lo que en zonas de alta precipitación se vuelve estratégico el diseño de camellones, drenaje superficial y subdrenaje donde sea necesario. Un manejo hídrico exitoso durante el desarrollo vegetativo se reconoce no solo por el color y tamaño de las hojas, sino por la relación entre longitud de brotes, diámetro de ramas y densidad de raíces finas en los primeros 30 cm de suelo.
Nutrición y fertilización en la etapa de crecimiento vegetativo
El tejido vegetativo del aguacate es un fuerte sumidero de nitrógeno (N), potasio (K) y, en menor medida, magnesio (Mg) y micronutrientes como boro (B) y zinc (Zn), por ello el manejo de la fertilización en esta etapa debe sincronizar el aporte de nutrientes con los picos de brotación, que en muchas regiones mexicanas ocurren en dos o tres flujos principales al año. La clave es sostener un crecimiento vigoroso, pero no excesivamente lánguido, que comprometa la inducción floral posterior o aumente la susceptibilidad a plagas como trips y ácaros.
En huertos de alta productividad (>15 t/ha), los requerimientos anuales de N para árboles adultos suelen ubicarse entre 150 y 250 kg/ha, pero solo una fracción de esa cantidad debe aplicarse durante la fase de crecimiento vegetativo más intenso, distribuyéndose en 3-5 eventos de fertirriego, privilegiando fuentes nítricas como nitrato de calcio y nitrato de potasio, que mejoran la absorción y reducen la acidificación excesiva de la rizosfera. El aporte amoniacal debe ser moderado, ya que en suelos mal drenados o con alta materia orgánica se incrementa el riesgo de toxicidad por amonio y desequilibrios con el calcio (Ca).
El fósforo (P), aunque esencial para la división celular y el desarrollo radical, presenta una dinámica mucho más lenta, por lo que se recomienda asegurar niveles adecuados en suelo (15-25 mg/kg de P Olsen en la mayoría de Andosoles y Luvisoles aguacateros), complementando con aplicaciones localizadas o en banda antes de los picos de brotación, más que con fertirrigaciones frecuentes de baja dosis que suelen inmovilizarse rápidamente. En cambio, el K, fundamental para la turgencia celular, la apertura estomática y el transporte de fotoasimilados, debe acompañar al N en proporciones cercanas a 1:1 en términos de unidades fertilizantes durante el crecimiento vegetativo, evitando relaciones N:K muy altas que inducen tejidos blandos y más susceptibles a estrés abiótico.
Los micronutrientes condicionan la calidad del follaje más que su cantidad, el Zn interviene en la síntesis de auxinas y el B en la integridad de la pared celular y el transporte de azúcares, deficiencias leves de ambos reducen el tamaño de hojas y acortan entrenudos, alterando de forma silenciosa la arquitectura del árbol, por ello en suelos con pH > 6.8 o con altos contenidos de carbonatos, las aplicaciones foliares de quelatos de Zn y boratos en dosis bajas, sincronizadas con la brotación, resultan más eficientes que las aplicaciones al suelo. La diagnosis foliar anual, con muestreos estandarizados en hojas de verano, permite ajustar estos aportes con base en rangos críticos, por ejemplo, 2.2-2.6 % de N, 0.9-1.3 % de K y 30-60 mg/kg de Zn en hoja seca para cultivares tipo Hass.
La tendencia reciente en huertos tecnificados es integrar la fertilización orgánica y la mineral, no por motivos ideológicos, sino por su impacto en la biología del suelo y en la estabilidad de la estructura, aplicaciones anuales de 10-20 t/ha de compost maduro o lombricomposta, bien analizada y libre de sales excesivas, incrementan la capacidad de intercambio catiónico, mejoran la retención de agua y favorecen comunidades microbianas benéficas, lo que se traduce en una mayor eficiencia en el uso de fertilizantes minerales durante el desarrollo vegetativo. El desafío está en ajustar las dosis de N y K mineral considerando el aporte real del material orgánico, evitando sobrefertilizaciones que disparan el crecimiento vegetativo a expensas de la futura floración.
Labores culturales y regulación del crecimiento
El vigor vegetativo del aguacate en las principales regiones productoras mexicanas, con climas benignos y suelos profundos, tiende a ser elevado, de ahí que las labores culturales durante esta etapa se orienten a modular ese vigor y a dirigirlo hacia una estructura productiva funcional. La poda de formación en los primeros años define el número y la disposición de las ramas principales, buscando ángulos de inserción amplios (45-60°) que soporten cargas elevadas de fruta y permitan una adecuada penetración de luz, mientras que la poda de mantenimiento en árboles en plena producción elimina ramas cruzadas, sombreadoras y brotes excesivamente verticales que compiten con la copa productiva.
La luz es el recurso silencioso que gobierna el balance entre vegetación y producción, densidades de plantación altas, típicas de sistemas intensivos (400-800 árboles/ha), exigen podas más frecuentes y precisas para evitar sombreamientos internos que generan madera improductiva y predisponen a enfermedades de madera, en estos sistemas, el manejo del desarrollo vegetativo se apoya también en la regulación del riego y del N, reduciendo ligeramente los aportes en momentos críticos para evitar brotaciones excesivas que cierren la canopia.
El manejo del suelo y la cobertura vegetal contribuye de forma directa al comportamiento vegetativo, coberturas vivas con gramíneas o leguminosas de porte bajo, manejadas con desbroces mecánicos, estabilizan la temperatura y humedad del suelo, reducen la erosión y favorecen la actividad biológica, sin embargo, si se permite que compitan de forma intensa por agua y nutrientes en la zona de raíces finas, se observa una reducción en el vigor de brotes, por lo que el diseño de franjas libres de competencia en la línea de árboles y el control cuidadoso de la altura de la cobertura se vuelven determinantes.
Durante el desarrollo vegetativo también se ejecutan labores de tutoreo, conducción y, en algunos sistemas, el uso de reguladores de crecimiento en dosis muy específicas, aunque su uso en aguacate es más limitado que en otros frutales, el enfoque agronómico más robusto continúa siendo la integración de prácticas físicas (poda, densidad, riego) y nutricionales para modular de manera fisiológica el crecimiento. La sanidad del follaje, mediante programas preventivos contra enfermedades como la antracnosis y el control racional de plagas que atacan brotes tiernos, cierra el círculo, ya que cualquier daño foliar en esta etapa reduce la capacidad fotosintética y, por tanto, la eficiencia del uso de agua y nutrientes.
En conjunto, el manejo del riego, la nutrición y las labores culturales durante el desarrollo vegetativo del aguacate conforma un sistema de decisiones interdependientes, donde cada ajuste, por pequeño que parezca, altera la forma en que el árbol captura luz, agua y minerales, y con ello su destino productivo en los años siguientes.
Claves del desarrollo reproductivo
El desarrollo reproductivo del aguacate es una fase de altísima sensibilidad fisiológica, donde pequeñas desviaciones en riego, nutrición y manejo cultural se traducen en pérdidas significativas de cuajado y calibre. En México, con rendimientos comerciales que oscilan entre 8 y 18 t/ha, la brecha respecto a huertos tecnificados que superan las 25 t/ha se explica, en gran medida, por la precisión con que se gobierna esta etapa, más que por la genética o el clima.
Manejo del riego en la fase reproductiva
Durante inducción floral, floración, cuajado y llenado de fruto, el aguacate muestra una demanda hídrica dinámica y asimétrica, condicionada por su sistema radical superficial y su alta sensibilidad a la hipoxia. El objetivo no es “regar bien” en términos generales, sino modular el estado hídrico del árbol para favorecer la diferenciación floral, sostener la apertura estomática controlada y evitar abortos fisiológicos.
En climas templados de Michoacán, la evapotranspiración de referencia (ETo) durante floración y cuajado suele ubicarse entre 3.5 y 4.8 mm/día, lo que se traduce en láminas de riego de 18-30 mm por evento en suelos de textura media, con intervalos de 3-5 días en sistemas presurizados, siempre ajustados a la capacidad de campo y a la profundidad efectiva de raíces (0-40 cm). Sin embargo, estas cifras solo son un punto de partida, porque el factor determinante es el seguimiento del contenido volumétrico de agua mediante sensores capacitivos o tensiómetros, manteniendo el suelo entre 70 y 90 % de la capacidad de campo durante floración y cuajado, y permitiendo ligeras oscilaciones controladas durante el llenado.
El error más frecuente es la sobreirrigación al inicio de la floración, que reduce la oxigenación radicular, inhibe la absorción de calcio y boro, y favorece la caída de flores y frutos recién cuajados. Un manejo avanzado introduce déficit hídrico moderado y temporal previo a la floración (particularmente en zonas con riego controlado), reduciendo la lámina 20-30 % por 3-4 semanas para estimular la inducción floral, seguido de una restitución gradual del riego al observarse el inicio de la brotación reproductiva, sincronizando la oferta hídrica con la demanda real del árbol.
A medida que el fruto entra en fase de crecimiento rápido (expansión celular y acumulación de aceite), la estrategia cambia, se busca estabilidad hídrica, evitando tanto déficits severos que reduzcan el tamaño final como excesos que induzcan rajado y desbalances nutrimentales. En esta fase, el monitoreo de potencial hídrico foliar (por ejemplo, con cámara de presión) permite ajustar el riego para mantener valores en un rango que sostenga la fotosíntesis sin estrés excesivo, típicamente entre -0.8 y -1.2 MPa en horas críticas, dependiendo del ambiente local.
Nutrición y fertilización en la etapa reproductiva
El aguacate presenta una marcada competencia entre crecimiento vegetativo y desarrollo reproductivo, por lo que la nutrición debe orientarse a priorizar el fruto sin colapsar la arquitectura del árbol. El punto de partida es un programa de fertilización basado en análisis de suelo y hoja, con metas de concentración foliar específicas durante floración y cuajado, más que en dosis generalistas por hectárea.
En la fase de inducción floral y antes de la apertura de flores, el manejo del nitrógeno (N) es decisivo, niveles foliares excesivos (>2.6 % en hoja madura de verano) favorecen brotes vegetativos vigorosos que compiten por fotoasimilados, reduciendo el cuajado. Se recomienda mantener el N en un rango moderado (2.2-2.5 %), desplazando la mayor parte de la fertilización nitrogenada hacia etapas previas y evitando picos de disponibilidad mineral en suelo justo antes de la floración. En huertos con fertirriego, esto implica reducir la concentración de N en solución nutritiva en las 3-4 semanas que anteceden a la máxima floración.
En contraste, el fósforo (P) y el potasio (K) adquieren un papel protagónico, el fósforo, además de su función en la bioenergética, se vincula con la diferenciación floral y la viabilidad del tubo polínico, mientras que el potasio regula la apertura estomática, la carga osmótica y el transporte de azúcares hacia los frutos. En huertos de alta productividad se busca mantener P foliar alrededor de 0.18-0.22 % y K entre 0.9-1.2 %, ajustando la fertirrigación para sostener una relación N:K más equilibrada (1:1 o incluso 1:1.3 en plena fructificación), reduciendo el riesgo de caída fisiológica de frutos en crecimiento.
Los nutrimentos secundarios y micronutrimentos son el eslabón fino del manejo reproductivo. El calcio (Ca), aunque poco móvil en el floema, es determinante para la integridad de paredes celulares y la firmeza del fruto, por lo que se favorece su absorción desde etapas tempranas de cuajado, manteniendo una buena aireación del suelo y niveles adecuados de Ca intercambiable. El boro (B) y el zinc (Zn) son críticos para la germinación del polen, la elongación del tubo polínico y la división celular, de modo que aplicaciones foliares estratégicas de B (150-250 g/ha de B elemental) y Zn (300-500 g/ha de Zn) previo a la floración y al inicio del cuajado se han asociado con incrementos consistentes en el porcentaje de frutos retenidos.
La fertilización foliar se integra como complemento, no como sustituto de la nutrición vía suelo. En la etapa reproductiva, su rol es corregir deficiencias puntuales y modular procesos fisiológicos sensibles al momento, por ejemplo, mezclas que combinan N en forma de urea de baja biurea, K, B, Zn y pequeñas dosis de molibdeno (Mo) pueden mejorar la eficiencia del uso de N y favorecer la viabilidad polínica. Sin embargo, la frecuencia y concentración deben diseñarse con base en análisis foliar y fitotoxicidad potencial, evitando aplicaciones en horas de alta radiación o en plena apertura floral, para no afectar la actividad de polinizadores.
Labores culturales durante el desarrollo reproductivo
El componente cultural del manejo reproductivo no se limita a prácticas accesorias, sino que define el microambiente donde se expresan los procesos fisiológicos. La poda es una de las herramientas más influyentes, una poda mal calendarizada o excesiva en intensidad puede desplazar el balance hacia el crecimiento vegetativo, disminuyendo la floración efectiva. En huertos tecnificados se privilegia una poda de mantenimiento ligera posterior a la cosecha, que regula la altura, elimina madera improductiva y mejora la penetración de luz, evitando intervenciones drásticas cercanas a la floración.
Durante la floración y el cuajado, la prioridad es conservar una arquitectura de copa que permita buena iluminación de los racimos florales y una ventilación adecuada, reduciendo la humedad relativa en el dosel y, con ello, la incidencia de enfermedades como antracnosis y roña. Un dosel demasiado denso prolonga el secado del rocío y de las lluvias ligeras, lo que interfiere con la viabilidad del polen y la fecundación, además de incrementar la presión de patógenos, por ello, el manejo de brotes vigorosos mediante despunte selectivo y la eliminación de ramas cruzadas es una práctica recurrente en huertos de alto rendimiento.
El manejo del piso del huerto también repercute sobre el desempeño reproductivo. La presencia de coberturas vegetales controladas contribuye a estabilizar la temperatura y humedad del suelo, mejora la infiltración y reduce la erosión, lo que se traduce en una mayor estabilidad hídrica durante las fases críticas de cuajado y llenado de fruto. Sin embargo, la competencia por agua y nutrimentos debe manejarse con precisión, especialmente en huertos de temporal o con dotaciones de riego limitadas, ajustando la altura y densidad de las coberturas mediante desbroces mecánicos oportunos.
La polinización representa otro eje cultural decisivo. Aunque el aguacate es una especie con floración abundante, la tasa de cuajado natural es baja, por debajo de 1 % en muchos casos, por lo que la introducción y manejo de colmenas de abejas y otros polinizadores se vuelve una práctica estratégica. La colocación de 4-8 colmenas/ha, distribuidas de manera homogénea y protegidas de vientos dominantes, mejora el movimiento de polen entre árboles tipo A y B, incrementando el porcentaje de frutos cuajados, siempre que se coordine con un programa fitosanitario que minimice el uso de insecticidas de amplio espectro durante el periodo de máxima actividad floral.
El control fitosanitario durante el desarrollo reproductivo debe ser quirúrgico, priorizando productos y momentos de aplicación que reduzcan el impacto sobre polinizadores y enemigos naturales. Enfermedades como Phytophthora cinnamomi afectan la funcionalidad radicular y, con ello, la absorción de agua y nutrimentos críticos para el cuajado, por lo que el manejo integrado de la enfermedad de la raíz, combinando drenaje mejorado, portainjertos tolerantes, aplicaciones dirigidas de fungicidas sistémicos y enmiendas orgánicas, es inseparable del éxito reproductivo.
Finalmente, la regulación de la carga frutal emerge como una práctica cada vez más considerada en huertos de alta densidad y alto rendimiento potencial. Aunque el aguacate tiende a autorregularse mediante caída fisiológica, en años de floración y cuajado excepcionales, el exceso de frutos pequeños puede saturar la capacidad de llenado del árbol, resultando en calibres inferiores a los requeridos por el mercado. En estos casos, el aclareo manual selectivo de racimos sobrecargados, combinado con una nutrición potásica y cálcica adecuada, permite orientar la energía del árbol hacia frutos con mejor tamaño y calidad, reduciendo además el agotamiento de reservas para la siguiente floración.
El desarrollo reproductivo del aguacate, lejos de ser una etapa pasiva donde el árbol “hace lo suyo”, es un proceso que responde con notable sensibilidad a cada decisión de manejo, desde la lámina de riego hasta el ángulo de una rama podada, y es en la suma de estos ajustes finos donde se define la productividad sostenible de los huertos mexicanos.
Indicadores y actividades para la cosecha
La determinación del momento óptimo de cosecha en aguacate es una decisión fisiológica y económica, no solo de calendario, que condiciona firmeza, vida de anaquel, susceptibilidad a daños por frío y calidad sensorial. En México, donde la cadena de exportación puede extenderse más de 30 días desde el corte hasta el consumo, pequeños desajustes en la madurez de cosecha se amplifican a lo largo del sistema, por eso los indicadores de cosecha deben basarse en parámetros cuantificables y no en apreciaciones visuales aisladas.
Indicadores fisiológicos y físico-químicos de madurez de cosecha
El indicador central es el contenido de materia seca (MS), que se correlaciona estrechamente con el contenido de aceite y con el comportamiento climatérico del fruto. Para Persea americana var. hass en México, los rangos comerciales se sitúan típicamente entre 21 y 28 % de MS, dependiendo del destino y la ventana de mercado, mientras que para exportación lejana se prefiere iniciar corte en el umbral inferior (21-23 %) para maximizar vida de anaquel, siempre que el contenido de aceite supere el mínimo normativo. La relación MS–aceite se ha descrito con coeficientes de correlación superiores a 0.90 en estudios recientes, lo que permite usar la MS como proxy robusto de calidad industrial y organoléptica.
Sin embargo, la materia seca aislada no captura la dinámica de la respiración ni la sensibilidad al daño por frío, por lo que conviene integrarla con la evolución térmica del cultivo. El uso de grados-día acumulados desde floración plena hasta cosecha, ajustados por altitud y exposición, permite afinar ventanas de corte, en especial en zonas marginales o en nuevas áreas productoras. En huertas tecnificadas se manejan umbrales de 2,000-2,300 grados-día base 10 °C para Hass, modulados por la carga frutal: árboles con alta carga tienden a retrasar la acumulación efectiva de aceite, aun con MS similar.
El color de la piel ha sido un indicador sobrevalorado, sobre todo en mercados que asocian el enverdecimiento oscuro con madurez interna, aunque en campo la variabilidad genética, la exposición solar y el estrés hídrico alteran significativamente la pigmentación. En Hass, el cambio de verde intenso a verde opaco con ligero tono mate puede orientar, pero no sustituye a la medición de MS, además, en materiales como Méndez o Carmen Hass el comportamiento cromático difiere, lo que exige recalibrar criterios visuales según clon o portainjerto.
La firmeza de pulpa al momento de cosecha, medida con penetrómetro adaptado (punta plana o semiesférica), aporta información complementaria, aunque su mayor valor está en el monitoreo poscosecha. En árbol, la variabilidad intra-copa y la dificultad para muestrear sin dañar comercialmente el fruto limitan su uso rutinario, por eso se emplea más en ensayos de calibración: se correlacionan valores de firmeza con MS y comportamiento en maduración, para luego operar en campo solo con MS y experiencia visual del equipo de corte.
Otros indicadores, como el sólido soluble total (°Brix) y la acidez titulable, tienen menor peso operativo en aguacate que en frutales no climatéricos, aunque permiten caracterizar lotes en programas de mejoramiento o certificación de calidad. Valores crecientes de °Brix, asociados a reservas solubles en la pulpa, se relacionan con mejor percepción de sabor y textura, pero su medición rutinaria en campo no es práctica, por lo que se reserva a laboratorios de apoyo y no a cuadrillas de cosecha.
Integración de indicadores y criterios de decisión en campo
La decisión real de cosecha surge de la integración de estos indicadores con variables de manejo y mercado. En huertas de exportación se establece un programa de muestreo sistemático por bloques, donde semanalmente se colectan frutos de diferentes estratos de copa, orientaciones y tamaños, se determinan MS y porcentaje de aceite, y se construye una curva de madurez específica de la huerta y del ciclo. Esa curva permite proyectar, con 7-14 días de anticipación, la fecha en que el lote alcanzará el rango objetivo de MS, lo que facilita programar cuadrillas, cajas, transporte y cupos de empacadora.
En huertas de abastecimiento nacional, la presión de precio y la menor exigencia de vida de anaquel llevan a cosechas más tardías, con MS cercanas o superiores a 26 %, lo que mejora sabor pero reduce el margen de maniobra logística. Este retraso incrementa el riesgo de caída fisiológica, daño por viento y ataques de plagas de madurez, como Heilipus lauri o Copturus aguacatae, por lo que el indicador fisiológico debe cruzarse con el umbral económico de pérdida esperada en árbol, de modo que el productor no sacrifique volumen por perseguir una madurez sensorial que el mercado no remunera.
La variabilidad intra-huerta obliga a segmentar la cosecha por microambientes, no por simple edad de floración. Diferencias de 1-2 °C en temperatura media, asociadas a hondonadas o laderas expuestas, generan desfasamientos de 10-15 días en la madurez fisiológica, aun con la misma fecha de floración. En consecuencia, los indicadores de cosecha se aplican por unidad de manejo homogénea, definida por altitud, pendiente, exposición y patrón de riego, evitando decisiones generalistas que mezclan en un mismo embarque frutos sub y sobre maduros.
Actividades operativas para una cosecha tecnificada
Definido el momento de corte, la atención se desplaza a las actividades de cosecha, donde la precisión agronómica se traduce en procedimientos operativos. La primera decisión es el horario de corte: se privilegian las primeras horas de la mañana, cuando la temperatura de fruto es baja y la turgencia estable, lo que reduce la tasa respiratoria inicial y mitiga el riesgo de daño por látex. Cosechar en horas de máxima radiación incrementa la temperatura superficial del fruto, acelera la respiración y favorece el pardeamiento de la epidermis en contacto con látex.
La técnica de corte es crítica, porque el pedúnculo es una vía directa de entrada de patógenos y un punto de emisión de látex. Se recomienda dejar un pedúnculo de 0.5-1.0 cm, con corte limpio y ligeramente inclinado, utilizando tijeras bien afiladas y desinfectadas periódicamente con soluciones de hipoclorito o amonios cuaternarios, el desprendimiento manual por torsión, aún practicado en sistemas tradicionales, incrementa el daño en la zona peduncular y la incidencia de podredumbres poscosecha por Colletotrichum y Lasiodiplodia.
El manejo del látex exige protocolos específicos, sobre todo en fruta de exportación. Tras el corte, el fruto debe colocarse con el pedúnculo hacia arriba o en contenedores donde el látex no escurra sobre otros frutos, evitando que el exudado manche la epidermis y genere defectos cosméticos permanentes, además, se recomienda un tiempo de oreo en sombra de 20-40 minutos antes de cualquier apilamiento o traslado prolongado, lo que permite que el látex coagule y reduzca su movilidad.
La manipulación física define en buena medida la incidencia de daño mecánico y el comportamiento en maduración. Las cuadrillas deben limitar la altura de caída libre a menos de 20-30 cm, usar canastillas o sacos rígidos con superficies lisas y sin aristas, y transferir la fruta a cajas o bins sin lanzar ni arrastrar. Golpes que no son visibles en campo se traducen, tras varios días de almacenamiento, en zonas de ablandamiento irregular y pardeamiento interno, que el consumidor percibe como defectos de calidad, aun cuando el fruto cumpla con los parámetros de MS y tamaño.
La clasificación primaria en campo es una actividad estratégica para reducir costos en empacadora. Separar por calibre grueso (pequeño, mediano, grande) y descartar en origen frutos con deformaciones severas, cicatrices profundas, daño de insecto evidente o síntomas de pudrición, evita transportar volumen sin valor comercial. En huertas con sistemas digitales de trazabilidad, esta clasificación se asocia a etiquetas o registros por lote, que permiten evaluar el desempeño de cada bloque y ajustar prácticas de raleo, nutrición y riego en ciclos posteriores.
El tiempo entre corte y preenfriamiento es otro eslabón crítico. Idealmente, la fruta no debería permanecer más de 6-8 horas a temperatura ambiente antes de iniciar el descenso controlado de temperatura, sobre todo en regiones cálidas. La programación de transporte desde huerta a empacadora debe sincronizar el ritmo de corte con la capacidad de recepción, evitando acumulaciones en patios sin sombra o en camiones estacionados. En sistemas avanzados se usan puntos de acopio intermedios con techos altos y buena ventilación, donde la fruta espera en condiciones más estables antes del traslado final.
Finalmente, la capacitación continua de las cuadrillas de corte es el componente humano que asegura que los indicadores fisiológicos se traduzcan en decisiones coherentes en campo. Equipos que comprenden la lógica de la MS, la relación con el aceite y la sensibilidad al daño mecánico ajustan su propio comportamiento, reducen errores y mejoran la uniformidad de los lotes, por eso, más que imponer rutinas, conviene compartir con el personal de cosecha los resultados de evaluaciones en empacadora y mercado, cerrando el ciclo de retroalimentación entre la fisiología del fruto y las manos que lo cortan.
Manejo postcosecha para cuidar la calidad
El manejo postcosecha del aguacate es el último filtro de calidad antes del consumidor, pero también el más vulnerable a decisiones apresuradas en campo y a improvisaciones en empaque. La fisiología del fruto, altamente respiratorio y con una ventana estrecha de maduración comercial, obliga a integrar prácticas precisas desde el corte hasta la distribución, de lo contrario, se amplifican desórdenes fisiológicos, pudriciones y pérdidas de firmeza que comprometen el valor de toda la cadena.
La calidad postcosecha comienza antes del corte, con la determinación del momento óptimo de cosecha, basada en el contenido de materia seca y, en menor medida, en el porcentaje de aceite. En México, para Persea americana var. hass, se utilizan umbrales de 21-23 % de materia seca para mercados nacionales y de 23-26 % para exportación, rangos que permiten un equilibrio entre capacidad de maduración uniforme y resistencia al transporte prolongado. Frutos cosechados por debajo de esos valores presentan maduración irregular, textura acuosa y mayor incidencia de desórdenes internos, mientras que los cosechados con materia seca excesiva son más susceptibles a ablandamiento rápido y deshidratación.
La forma en que se ejecuta la cosecha define el punto de partida del deterioro. El uso de tijeras bien afiladas, dejando pedúnculos de 3-5 mm, reduce la entrada de patógenos como Colletotrichum gloeosporioides y Lasiodiplodia theobromae, responsables de antracnosis y pudrición peduncular. El desprendimiento por tirón o golpe genera microfisuras en la epidermis, invisibles a simple vista, pero críticas para la colonización fúngica durante el transporte. Además, la cosecha en horas de menor temperatura, idealmente por la mañana, disminuye el choque térmico al ingresar a áreas de preenfriado, lo que reduce el estrés fisiológico y la tasa respiratoria inicial.
Desde el árbol hasta el centro de acopio, el manejo físico del fruto determina cuántos daños se harán evidentes en anaquel. El uso de contenedores rígidos, limpios y con ventilación, apilados a alturas controladas para evitar compresión, limita los daños mecánicos que se traducen en pardeamiento interno y ablandamiento localizado. Cada caída por encima de 20-30 cm incrementa de forma significativa el riesgo de magulladuras internas, por lo que el diseño de rampas, bandas y puntos de transferencia en el empaque debe considerar amortiguación y reducción de alturas. En esta etapa, el control de temperatura y humedad relativa aún es rudimentario en muchos sistemas, pero resulta decisivo para preservar firmeza y brillo de la piel.
La fase de recepción y clasificación en empaque es el primer punto donde la calidad se puede objetivar. La medición sistemática de temperatura de pulpa, firmeza con penetrómetro y muestreos de materia seca permite segregar lotes por destino y vida de anaquel esperada, lo que reduce reclamaciones comerciales aguas abajo. La clasificación por calibre, uniformidad de forma y ausencia de defectos externos no es solo un requisito estético, también favorece una maduración homogénea en cámaras y durante el transporte, ya que frutos de mayor tamaño presentan dinámica respiratoria y de pérdida de agua diferente a los de menor tamaño.
En paralelo, el lavado y desinfección del fruto cumple una doble función: reducir la carga microbiana superficial y remover suciedad y látex residual. El uso de sistemas de inmersión o aspersión con agua potable clorada, manteniendo concentraciones de 100-150 ppm de cloro libre y pH entre 6,5 y 7,5, disminuye la viabilidad de esporas fúngicas sin dañar la cutícula. Sin embargo, una desinfección eficaz depende de la renovación constante del agua, el control de la temperatura y la prevención de recontaminación cruzada entre lotes, por lo que el diseño hidráulico y la automatización de la dosificación de desinfectantes se vuelven componentes técnicos clave en empaques de alta exigencia.
Tras el lavado, la aplicación de fungicidas postcosecha sigue siendo una herramienta extendida, especialmente en fruta de exportación, aunque con creciente escrutinio regulatorio. Moléculas como prochloraz, imazalil o azoxystrobin, aplicadas en sistemas de drench o túnel de aspersión, reducen la incidencia de antracnosis y pudrición peduncular, siempre que se respeten dosis, tiempos de exposición y periodos de reentrada. La tendencia reciente apunta al uso integrado de recubrimientos comestibles a base de ceras naturales o polímeros vegetales, que además de mejorar el brillo, reducen la tasa de transpiración y la respiración, prolongando la vida de anaquel entre 3 y 7 días, especialmente cuando se combinan con un manejo térmico adecuado.
El secado superficial posterior a la aplicación de fungicidas o ceras es un eslabón frecuentemente subestimado. Frutos que ingresan húmedos a cajas o cámaras de frío generan microambientes saturados que favorecen el desarrollo de hongos, incluso en presencia de fungicidas, por lo que el uso de túneles de aire forzado, con caudales y temperaturas controladas, es indispensable para estabilizar la superficie del fruto antes del empaque final. Este secado debe ser rápido pero no agresivo, evitando deshidratación de la epidermis, que se manifiesta en pérdida de brillo y rugosidad prematura.
El preenfriado es probablemente la práctica que más condiciona la calidad comercial del aguacate en cadenas largas. Dado que se trata de un fruto climatérico con elevada tasa respiratoria, la reducción rápida de la temperatura de pulpa desde valores de campo (20-28 °C) a rangos de 5-7 °C para exportación o 7-10 °C para mercados cercanos, disminuye la respiración, la producción de etileno y el desarrollo de patógenos. Métodos como el enfriamiento por aire forzado, con diferencias de presión bien calibradas entre la cámara y el interior de las cajas, permiten alcanzar temperaturas homogéneas en 6-12 horas, mientras que sistemas de enfriamiento lento favorecen gradientes térmicos que se traducen en maduración desigual.
Sin embargo, el aguacate presenta sensibilidad al daño por frío, especialmente por debajo de 4-5 °C, donde aumentan desórdenes como pardeamiento vascular, manchas grises en pulpa y pérdida de sabor. Esto obliga a trabajar con rangos estrechos y monitoreo continuo de temperatura en pulpa y ambiente, utilizando registradores en tiempo real y sistemas de alarma. La combinación de temperatura subóptima y alta concentración de CO₂ en cámaras mal ventiladas intensifica estos daños, por lo que el manejo de la atmósfera en almacenamiento no puede reducirse solo a fijar un valor de temperatura.
En ese sentido, el uso de atmósferas modificadas o controladas se ha consolidado como una estrategia para extender la vida de anaquel sin comprometer la calidad sensorial. Concentraciones de O₂ reducidas (3-5 %) y CO₂ moderado (3-10 %), dependiendo del cultivar y del destino, disminuyen la respiración y retrasan el ablandamiento, aunque un exceso de CO₂ induce sabores extraños y pardeamiento interno. Los sistemas pasivos, basados en películas plásticas con permeabilidad selectiva, se utilizan en empaques unitarios o de caja, mientras que las atmósferas controladas activas son más comunes en contenedores marítimos de larga distancia, donde la estabilidad de la mezcla gaseosa durante varias semanas es crítica.
La gestión del etileno es otro pilar del manejo postcosecha, ya que este fitohormona regula la transición del estado fisiológicamente maduro al comestible. En fruta destinada a maduración controlada en destino, se busca minimizar la exposición al etileno durante el almacenamiento y transporte, utilizando filtros de permanganato de potasio, ventilación adecuada y evitando mezclar aguacate con frutos altamente productores de etileno, como plátano o manzana. En contraste, en centros de maduración cercanos al mercado final, se aplican tratamientos de etileno exógeno (100-150 ppm a 18-22 °C durante 24-48 horas) para sincronizar la maduración y ofrecer lotes con firmeza uniforme, lo que exige una trazabilidad estricta desde el empaque hasta el punto de venta.
El empaque final y el transporte cierran el ciclo postcosecha, pero su diseño debe responder a las condiciones fisiológicas generadas por todas las etapas previas. Cajas con ventilación alineada a los flujos de aire en cámaras y contenedores, materiales con resistencia mecánica suficiente para evitar deformaciones y sistemas de estiba que permitan circulación homogénea de aire son tan determinantes como el programa de fungicidas o el preenfriado. Durante el transporte, mantener la cadena de frío sin oscilaciones bruscas, con registros continuos de temperatura y humedad relativa, es esencial para que el aguacate llegue al destino con una firmeza compatible con los tiempos de distribución y venta previstos.
En conjunto, el manejo postcosecha del aguacate se sostiene sobre una lógica de precisión fisiológica: cada decisión, desde el punto de corte hasta el diseño de la atmósfera en el contenedor, modifica la velocidad a la que el fruto recorre su curva de maduración. Para garantizar la calidad comercial requerida por mercados cada vez más exigentes, no basta con aplicar tecnologías aisladas, se requiere integrar un sistema coherente donde la cosecha, el preenfriado, los tratamientos químicos, la atmósfera y la logística se ajusten entre sí, de modo que el potencial de calidad generado en el huerto se exprese plenamente en el plato del consumidor.
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